Bibliotecas Públicas


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Por: Carlos Collazo

Mientras se anuncia la desaparición del libro impreso, en el formato conocido hace más de 500 años, aumenta en el mundo el número de las bibliotecas públicas. Al mismo tiempo, se afinan las políticas de instituciones del Estado y empresas privadas para que estas bibliotecas marchen al ritmo de las tecnologías.

Una biblioteca no es solamente el lugar donde se almacenan libros. Es un lugar de encuentro donde el centro es el libro, digital e impreso; el lugar donde los niños juegan con letras e imágenes y los adultos leen por placer o consultan.

La biblioteca pública se ha vuelto indispensable en el mobiliario urbano y eso lo han entendido los gobernantes de las grandes ciudades del mundo. Hay que construirles grandes y bellos edificios. Se temía que las grandes bibliotecas no tendrían espacio para albergar la memoria impresa de la creatividad humana. La digitalización hizo posible que cupieran más, en número ilimitado.

En Colombia, lo entendieron ejemplarmente en Bogotá y Medellín: las descentralizaron y se convirtieron en un servicio público de barrios periféricos -el más hermoso servicio- al lado del transporte público, la creación de parques, la ampliación de las aceras, la apertura de nuevas vías u otros servicios.

Si las anteriores son felices ironías, existe también una ironía desgraciada: se han levantado y creado más bibliotecas públicas pero en Colombia se leen muy pocos libros. Los promedios son vergonzosos: menos de 2 libros por año. Pese a lo vergonzosa, es una circunstancia superable.

Sé por experiencia lo que significa una biblioteca pública. Viví mi infancia- cuando se forma el hábito de la lectura- en un hogar donde no había libros. Me volví un lector que devoraba en desorden libros de todos los géneros y épocas, gracias a la biblioteca de mi colegio y a la única biblioteca pública de Buenaventura.

Las bibliotecas de las escuelas no son más importantes que las bibliotecas públicas. Son la primera y más decisiva fase de un proceso. Pero si tienen una utilidad mayor, la tendrán, no por la obligación de frecuentarlas sino por el placer que el niño y el joven sientan al leer un libro.

Como otras muchas cosas de la vida, se aprende a sentir placer por experiencias que nos eran indiferentes. Esto fue lo que me sucedió en la infancia y primeros años de la adolescencia: la biblioteca no me retiró del mundo de los juegos y las nacientes emociones. Añadió otras emociones a mi vida.

Podía haber sido feliz sin la pasión por los libros, tal vez mi vida hubiera sido igualmente apasionante y divertida sin ser escritor. Sin embargo, no hay un escenario más entrañable que la pequeña biblioteca de mi colegio y la bien surtida biblioteca pública de Buenaventura.

Escritor

collazos_oscar@yahoo.es

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