De ti, la incertidumbre


Ellos siempre habrían de recordar aquella noche por causa del calor tan insoportable e infrecuente. Cierto, mayo, en el centro de su país tropical. Pero, al fin y al cabo, no vivían sino en una montaña elevada, y las montañas son frescas, hasta frías. Ellos siempre recordarían que se conocieron ese día; no porque sospecharan, ni más remotamente, que significarían alguna cosa en la vida del otro, no; ni tampoco porque él fuese tan bien parecido y ella estuviese tan bien vestida, -porque por cierto, venía de una fiesta-. Se trató más bien de una de esas coincidencias, cuyo origen se pone en duda y hasta se diría que no fue jamás fortuita, misteriosa… A eso de la una de la madrugada; todo de un obscuro casi siniestro, el caluroso aire viciado hasta hacerse impertinente. Ella, la alcaldesa del pueblo. Él, un ingeniero, medio impetuoso; científico de los más acérrimos.

El acontecimiento, explicable sólo con teorías tan descabelladas como increíbles. No la lluvia, pese al calor; no el derrumbe, en los suburbios, de algunas residencias mal hechas, no, eso tampoco. El pequeño desborde de un río, protegido de todas formas por amplios tabiques, menos. Un halo de luz intenso, sí, una gigante bola de fuego desde el cielo cayendo lenta como un copo de nieve sobre el pavimento de la vía principal hacia el pueblo. Y, de repente, al tocar el suelo, un estremecimiento cataclísmico, el impacto de cientos de gramos de TNT pulverizando los árboles de los ya despoblados bordes de la vía y destrozando las aceras y la ruta de los ciclistas, una suerte de terremoto silencioso. Y sus autos se detuvieron a tiempo, casi chocaron, atónitos de tanto desconcierto, cuando todos los cauchos explotaron.

La mujer, con un femenino ataque de crisis, no quiso si quiera asomarse, no podía soltar el volante. La lluvia cesó, la luz desapareció; él salió de su carro, sin estar seguro de hallarse despierto. Delante de él ese auto rojo, y todavía más allá… El primer instinto, ayudar. Tocó el vidrio de su ventana, sin hallar respuesta. Una mujer tan bella sólo podía pertenecer a sus sueños, pero hasta hacía tan sólo unos minutos no estaba soñando, sino que conducía camino a casa, vestido de un calor insufrible pese a la hora. Y luego, la lluvia amenazadora, aún cuando las  curvas de la carretera le resultaran tan familiares. Pensó que había sido testigo de un poderoso rayo caído del cielo en medio de una incipiente y frustrada tormenta, pero un rayo, por más poderoso que fuera no habría podido explicar y justificar el daño al que sus ojos, en medio de la vetusta oscuridad, se estaban acostumbrando. Miró al cielo. No luna, no estrellas. Simplemente oscuridad. Volvió a tocar su puerta y esta vez ella sí reaccionó. Era una mujer muy razonable, a todo le encontraba una explicación. De modo que habló y habló sin detenerse, quizá describiendo para sí misma, quizá argumentando lo que también veía.
Pensaron que era un meteorito. Después de todo, los meteoritos caían y destruían la zona donde caían. Sin embargo, él era científico y sabía que los meteoritos caían a una velocidad mucho más rápida que aquello, y dejaban como resultado un cráter, no así lo que sus ojos veían. Tomando en cuenta la distancia en la que se hallaban, si hubiese caído un meteorito, ellos hubiesen muerto sin falta. Eso él trató de explicarlo, ella no quiso escucharlo. Para ella el asunto ya estaba claro; pequeños meteoritos que no podrían hacer mayor daño.
Ellos nunca olvidarían esa noche en que se conocieron pues, con el paso del tiempo, fue tan difícil explicar de verdad lo que sucedió -y lo que los retuvo del otro lado de la vía hasta el día siguiente, hasta que ella misma ordenó que les fuese construido un puente y paulatinamente la vía fuese rehecha-, que sería tanto como imposible no tenerlo constantemente presente. Así, inmersos en una perpleja curiosidad, investigando en los periódicos amarillistas del extranjero, leyendo libros sobre sucesos extraordinarios para hallar el parecido, se hicieron amigos, y con el tiempo, algo más que amigos.
Ellos siempre habrían de recordar el enigmático suceso que les dejó esa sensación de no vivir en un mundo real, cuando ese hasta hermoso halo de luz de las alturas, meteorito astral, bola de fuego, relámpago torpe y tardío cayó tan así del cielo, y destruyó por completo el paso hacia su pueblo, tan sereno y tan indolente, y que, cargando el ambiente de una bruma enrarecida por una gelatinosa visión de la nada, que además lastimaba tan duramente la vista, los dejó por el resto de aquella noche en frente de una todavía siniestra y blanquecina área desolada.
Maureen Morgado
Lic. UCV Idiomas Modernos
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